Este es mi quinto cuento, el cuarto de la saga que incluye al primero, al tercero y al cuarto.

En lo más profundo del Bosque Arcoíris se encontraba el pueblo de Villa Unida, un lugar muy antiguo y desconocido. Allí vivían los llamados “unidinos”, seres más bien pequeños que vivían una apacible vida recolectando colores de los diversos árboles para luego comerlos, enseñándose unos a otros los muchos misterios del bosque y, en general, cuidándose unos a otros. Ese era un aspecto del que jamás nadie pudo reprocharles nada, su gran sentido de unidad. No importaba la diferencia de edad, la historia de la familia o la cantidad de colores que recolectaban, siempre estaban dispuestos a ayudar al otro. Si bien no es un rasgo del que estén exentos otros seres –conocido es el caso de los giroscopinos- sí es único por un detalle. El sentido solidario de los unidinos servía como adorno para un gran defecto físico de su especie. En la parte trasera de sus pequeños cuerpos de madera, justo debajo de sus cabezas, colgaba una cuerda blanca cuya importancia trascendía cualquier opinión estética. Tirar de ésta cuerda les proporcionaba de la fuerza necesaria para seguir realizando sus actividades diarias. Era una acción simple, pero que no podían realizar ellos mismos por la escasa longitud de sus brazos. Por esto era necesario que siempre alguien anduviese cerca en caso de que la cuerda subiera a niveles críticos. Los unidinos vivieron por milenios conviviendo con su problema que con el tiempo dio forma a un pueblo muy temeroso por lo desconocido, poco aventurero y curiosamente conformes con sus limitaciones. Pero pocas situaciones así pueden sostenerse por tanto tiempo, y la de los unidinos no sería la excepción, teniendo un inesperado fin.

Tutún volvía al pueblo junto a su amigo Rimi luego de un día de trabajo recolectando colores. Era esa época del año donde los árboles proveían de colores casi tan grises como el cielo que envolvía al bosque, por lo que los dos amigos regresaban no con la mejor de las caras. Recolectar era un trabajo duro y volver solo con colores grisáceos era todo menos una buena noticia. Aun así, Tutún y Rimi exhibían su acostumbrado buen humor bromeando por el camino. Rimi era especialmente bueno imitando a Kranki, el anciano de la villa cuyo buen humor era escaso como los rayos de luz que llegan entre las ramas de un gran árbol. Por algo los niños de la aldea decían en tono de broma que su cuerda se había atascado hacía mucho tiempo. Estaban cerca de llegar cuando Tutún notó algo que se movía no lejos de donde estaban. Dejó que Rimi se adelantara y se acercó rápidamente al lugar donde creía haber visto el movimiento. Cada segundo que estaba solo hacía crecer peligrosamente un miedo que él, como todos los unidinos, sentía muy a menudo. Dirigió su atención a un arbusto de luz, una especie única del bosque que proveía de luz al pueblo haciendo innecesario el uso del peligroso fuego. Tutún comenzó a buscar entre las ramas y luego detrás del arbusto de luz, pero no encontró nada. Convencido de que había sido solo un juego de su imaginación, volvió rápidamente al camino para alcanzar a Rimi, pero no lo encontró. Tutún pensó que su amigo ya estaría en el pueblo y apuró el paso, sería severamente castigado si alguien lo veía llegar solo y ni pensar si lo sorprendía el viejo cascarrabias de Kranki. Poco después llegó a la villa, preparado para asumir las consecuencias de su pequeño desvío. Afortunadamente nadie parecía estar de guardia. Tutún miro a su alrededor, extrañado, y lentamente comenzó a percibir un extraño silencio. No era un silencio tranquilo como el que los envolvía durante la noche, no, éste era un silencio que entraba en el cuerpo, colándose entre los huesos, como el frío invernal. Tutún fue de casa en casa buscando a alguien, el que fuera, pero no había nadie ni dentro ni fuera de ellas. Finalmente llegó a su casa, esperando que sus padres le pudieran explicar dónde estaban los demás, pero nadie respondió a sus gritos. Estaba solo.

Describir lo que pasaba en la mente de Tutún sería imposible. La peor pesadilla de un unidino le estaba sucediendo a él, solo un niño que volvía de la recolección diaria. El pánico le impedía cualquier tipo de reacción por parte de su cuerpo ¿Cómo? ¿Quién? ¿Por qué? Las preguntas se agolpaban en su pequeña cabeza de madera y nadie le daba las respuestas. Los ancianos del pueblo enseñaban variados protocolos de emergencia; qué hacer si los bosques lloraban, si el cielo caía y si la tierra los tragaba, pero jamás le habían dicho qué hacer en un escenario así, cuando se estaba completamente solo. Un pequeño fragmento de memoria puso cierto orden en su mente: “Pedir ayuda” ¿Pero a quién? Tutún sabía que su cuerda le permitiría solo dar un cierto número de pasos, y buscar a alguien en el gran bosque sin tener un guía era un suicidio. No, peor que el suicidio, era un cuerdicidio. Había otra opción y Tutún, a pesar del estado shock en el que se encontraba, tuvo claro que era la mejor: Seguir el camino y buscar ayuda afuera del bosque. A un afuerino.

No se puede decir que los unidinos y los afuerinos se llevaran mal. No se podía decir porque nunca había habido contacto entre ellos. El carácter sedentario del pueblo y la mala fama del bosque había mantenido a ambos grupos separados desde siempre. Entre los unidinos existían rumores que decían que afuera del bosque habían gigantes plateados tan altos que usaban las nubes como sombreros, bichos tan feos que mataban, literalmente, del susto y un sinfín de criaturas repugnantes y peligrosas. Tutún solo pedía encontrarse con un ser que no lo mirara como un tentempié con patas.

Así Tutún comenzó a caminar por El Gran Camino, como se llamaba a la única ruta del bosque, la cual, según decían los ancianos, lo atravesaba de cabo a rabo. Calculaba cada paso con mesura, pues sabía que la cuerda le daba movilidad limitada, un pequeño extravío y quedaría varado como una estatua viva para siempre. Y las estatuas vivas no podían hacer las cosas que el tanto disfrutaba hacer, como escuchar los cuentos de los ancianos, recolectar colores con sus amigos, disfrutar de la compañía de sus padres, o sea, ser simplemente un niño unidino. Los árboles cercanos al camino le proveían de colores que lo alimentaban sin tener que hacer un gran gasto de pasos. La ubicación de éstos no era ninguna coincidencia, habían sido plantados allí para justamente ahorrar pasos a quienes anduvieran por el camino. El bosque pasaba a su lado una y otra vez y pronto sintió que sus pies se movían, pero no avanzaba realmente. Un pequeño animal fue el que lo sacó de estos grises pensamientos, uno muy raro y poco común en el Bosque, un caracol.

Los caracoles, a pesar de su aparente viscosidad y lentitud, eran para los unidinos un símbolo de gran sabiduría. Los caracoles vivían una vida mucho más corta que la mayoría de los animales y aun así la vivían con mucha más calma, centímetro a centímetro, cosa que siempre maravilló a los ancianos unidinos. Tutún se alegró de tener a este inesperado compañero y lo dejó subirse a su pie. No podría tirar de su cuerda, pero, por primera vez en muchos días, ya no se sentía tan solo. Continuó caminando por el camino mientras les contaba a su nuevo compañero su historia. Al mismo tiempo pensaba en nombres para el caracol, decidió llamarlo Hoja. Hoja no decía nada, pero Tutún sabía que escuchaba. Ese era un rasgo de los sabios que gustaba a Tutún, escuchaban mucho y hablaban poco, no como la mayoría de los unidinos que conocía.

Junto con Hoja pasaron por innumerables claros y riachuelos que atravesaba el camino, pero el mar de árboles aun los rodeaba y el final del camino seguía siendo una incógnita. Poco a poco Tutún fue olvidando la compañía de Hoja, dando paso al miedo de quedarse sin cuerda y todo lo que eso significaría. Justo en el momento de sus pensamientos más oscuros, apareció un extraño ser. Por más que  Tutún lo miraba no lograba distinguir su forma. Sí se dio cuenta que tenía alas de buitre, el hocico de una hiena y los cuernos de un toro, pero lo demás parecía envuelto en una especie de velo misterioso que confundía sus rasgos. El extraño ser se acercó cojeando y emitiendo ruidos que luego se convirtieron en palabras. El ser le ofreció un trato, le tiraría de la cuerda si él le daba a Hoja.

Tutún miró a su compañero, quien, a pesar de que su destino estaba en juego, seguía tan tranquilo como siempre, ni siquiera trató de escapar. La calma del caracol contagió a Tutún y sintió claramente como  el miedo que llevaba dentro lo presionaba para entregar a Hoja. Decidió no hacerlo, aunque eso significara quedarse sin cuerda para siempre. El extraño ser murmuró palabras sin sentido y pronto su difuso cuerpo se fundió en la nada. Tutún siguió por el camino, ahora con la seguridad de tener un amigo a su lado.

Al poco andar el niño sintió que sus piernas ya no le respondían completamente y comenzó a caminar como los ancianos de su pueblo. La idea de ser un niño caminando como anciano le produjo risa, la que luego fue acompañada por lágrimas. Cada paso que daba podría ser el último, era el final de su aventura. Tomó a Hoja y lo dejó en el suelo para luego decirle que continuara solo, porque él ya no podía más. El caracol lo miró con sus pequeños y negros ojos y se dio la vuelta para seguir por el camino. Lentamente avanzó mientras Tutún lo observaba. A los pocos metros se volvió a dar vuelta y quedó mirando al niño. Era como si esperara algo. Tutún le dijo nuevamente que no podía continuar, pero el caracol no se movió y continuó observándolo. Así pasaron varios minutos, el niño comenzó a gritarle, el caracol no podía ser tan porfiado ¿Acaso no sabía que no conseguiría nada? Si no se movía, él lo haría moverse. Se agachó, tomó piedritas del suelo y comenzó a tirárselas. Una, dos, tres piedras, pero no lograba asustar al caracol. Con lágrimas en los ojos tomó todo lo que podía tomar; tierra, pequeñas hojas, pero nada funcionaba. Pensó en sus amigos, sus padres, su pueblo, jamás los volvería a ver, finalmente le gritó “¡Camina, tonto caracol!”. De pronto una de sus piernas se movió. Atónito miró esos apenas 2 centímetros que había avanzado. Hoja seguía mirándolo, esperando. Tutún nuevamente le gritó “¡Tonto caracol!”, pero ya no lloraba, ahora reía. Dio un nuevo paso y luego otro, hasta que logró caminar y llegar hasta donde estaba Hoja. Con cuidado lo puso en su hombro y siguió caminando. Juntos encontrarían a su pueblo y ahora sin cuerdas.

Avanzaron a buen ritmo y a los pocos días se encontraron fuera del bosque. Tutún casi se desmayó cuando vio justamente a un gigante de metal tan alto que usaba nubes como sombrero. Para su sorpresa el gigante no se lo comió, todo lo contrario, se mostró muy amable e incluso lo llevó hasta el lugar donde había visto enjaulado a su pueblo. El villano responsable era nada más ni nada menos que aquel extraño ser difuso con el que se había encontrado en el bosque. Tutún irrumpió en la escena solo como lo haría alguien que no necesita de una cuerda para funcionar. Su pueblo, ancianos, sus padres, vecinos y amigos, gritaron de júbilo al verlo. El niño, antes el asombro de todos, se sacó su cuerda, rápidamente hizo un lazo con ella y atrapó al villano que trataba de escapar.

Podríamos usar palabras como épica o mítica para describir el rencuentro, pero se quedarían cortas. Era el rencuentro de un niño con todo lo que le importaba en el mundo, padres, amigos, vecinos, todos. Incluso Hoja perdió su calmada compostura de caracol por unos minutos. El viaje de vuelta al Villa Unida fue largo, pero Tutún se encargo de hacerlo más ameno al contar todas sus aventuras. Su pueblo escuchaba atentos y reía o lloraba justo cuando la historia lo pedía. Tutún se dio cuenta cuánto los había extrañado.

Una vez en el pueblo, el niño se encargo personalmente de enseñarle a los unidinos a andar sin cuerda. No fue fácil, era como enseñarle a caminar a un bebé, solo que el bebé ya no era un bebé sino un anciano de 900 años de mal carácter y poca paciencia. Gracias a Hoja tuvo la serenidad para pasarse años allí, en su pueblo, enseñándoles a ser unidos, pero ahora sin cuerdas.

pixel Ahora me creo escritor (V)


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Comentarios (4)[+] Deja el tuyo

jhoel 17.05.2012

gracaaaaaaaaaaaaaaaaas voy a votar por ustedes

jhoel 17.05.2012

graciassssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss

Solo una afirmación ¡Impresionante!, sigue así.

María 16.07.2012

Me encanta el quinto cuento !!)))

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