Este es mi cuarto cuento, el tercero de la saga que incluye al primero y al tercero.
Todo niño curioso de Paso del Rey en algún momento preguntará a sus padres por qué no hay pobreza en la ciudad. Es algo que llama la atención de cualquiera; seas quien seas en Paso del Rey, nunca serás pobre, a diferencia de lo que pasa en otros lugares. Cuando esto suceda los padres tendrán que contarles un relato que todo habitante mayor de Paso del Rey conoce como la palma de su mano y que se remonta a la época donde aun existían reyes. Hace miles de años…
En esos tiempos a Paso del Rey se le decía “La Ciudad de los Mil Nombres” por la costumbre de su rey de cambiarlo cada vez que se ponía el sol. La gente le siguió el juego, pero solo hasta cuando propuso un calendario de nombres. Allí la ciudadanía prefirió llamarla así. Quizá como nombre era poco creativo, pero al menos se ajustaba a toda ocasión.
La ciudad era regida por el rey y la reina Wopsi, una dinastía que inexplicablemente sobrevivía pese a su pésimo promedio de descendientes (cero) y a sus varios episodios de locura que lamentablemente eran mucho más que solo “episodios”. Hacía mucho tiempo que gobernaban la ciudad, tanto que ni se podía contar en años, solo en episodios de locura. El más famoso de ellos había sido fundir sus cabezas para así ocupar solo una gran corona. El experimento resultó en un monarca híbrido conocido como rey-reina.
Pero el protagonista de nuestra historia no es el rey ni la reina, ni ese extraño híbrido, sino un simple sastre. No se vayan imaginar a un hombre cosiendo tranquilamente en su hogar. Un “simple sastre” no significaba lo que hoy. Hoy gozamos de tener domesticados a la seda, el algodón, el lino, etc. Vamos a una granja y vemos a éstas y más telas saltar mansamente mientras esperan su turno para ser cocidas. No era así en aquellos antiguos tiempos, las telas eran libres, salvajes y muy feroces. Vivían en grupos repartidos por toda la tierra y no se dejaban atrapar fácilmente. Sus muchos pliegos fueron lo último que vieron muchos valientes sastres, quienes dejaban a sus familias por meses solo por la posibilidad de un pago. Esa era la vida de este simple sastre, Akew.
Akew Pantaloncillos -su apellido, como todos los de sus conciudadanos, también eran obra de la realeza- había sido desde joven la promesa de la sastrería de la Ciudad de los Mil Nombres, gracias a sus 6 brazos que le permitían coser y cazar al mismo tiempo. Cosa que sus colegas de 4 brazos no podían hacer con tanta facilidad.
Aun joven, pero ya curtido por la experiencia, Akew fue elegido como el sastre personal de los reyes. Estaba sujeto a los locos pedidos de la realeza, pero al menos ganaba bien. No así la mayoría de la ciudad.
Mientras los reyes vivían en su mundo, la mayoría de la ciudad vivía con incertidumbre el día a día, pues la sastrería, la principal ocupación entre hombres, cada vez cobraba más víctimas. Juk Feo -otro apellido obra de la realeza- había quedado sin 2 orejas luego de un ataque de una lana enloquecida. No era mucho problema porque Juk tenía 5 orejas, pero su esposa no podía acostumbrarse a las 3 restantes. Miti y Mitu Igualitos habían desaparecido en una zona habitada por rebaños de seda. Aunque era posible que solo se hubieran quedado dormidos, algo muy normal al enfrentarse a aquel tejido. Y finalmente Sei Pelón no había vuelto a hablar luego de una expedición al valle del algodón. La gente, pese a arriesgar sus vidas, vivía entre sobras de la realeza. Y nada parecía cambiar.
Akew se sentía impotente al ver el día a día de sus conciudadanos. El, pese a trabajar directamente para los reyes, poco podía hacer. La locura de los reyes les daba inmunidad total contra cualquier tipo de influencia, por lo que jamás escucharían al sastre. Llegó incluso un punto donde intentó hacer mal su trabajo a propósito para ser despedido y así estar más cerca del pueblo. Curiosamente sus fallos, como el de hacer un bañador con tela soluble con agua, causaron aun más deleite en los reyes y su plan fracasó.
Llegó un día donde Akew fue solicitado de suma urgencia. El sastre ya sabía que eso significaba un nuevo loco pedido de la realeza. Acudió al palacio y pronto apareció el rey-reina como usualmente se presentaba a estas citas, totalmente desnudo y bañado en oro. Muy serio el monarca Wopsi le encomendó una tarea de “importancia mundial”: necesitaba unos nuevos bolsillos para su traje oficial de rey-reina. El problema parecía ser el material, pues el rey solía poner muchas cosas en sus bolsillos y no tardaban en reventar. Akew aceptó la tarea y se retiró. En su taller comenzó a pensar en el pedido. Sabía que solo había una tela que resistiría, la infame seda de titanio. Muchos hubieran renunciado inmediatamente al escuchar esas palabras, pero no Akew. Él era el sastre elegido.
Un mes después, Akew volvía a la ciudad arrastrando aquella rara tela. La pelea había sido ardua, tan ardua que de los 30 días, 29 habían sido de lucha continúa. Sus manos estaban destrozadas y su rostro no ofrecía un mejor aspecto, pero volvía a la tranquilidad de su taller. Esa misma noche se encontraba frente a su mesa de trabajo con la seda de titanio extendida ante él, cuando se percató de algo. Akew había cometido un error de novato.
La caza de una tela no es como la caza de un animal o la caza de un resfrío -el deporte favorito de los reyes-, es mucho más delicada, dada la naturaleza del objetivo. A un animal lo puedes apalear todo lo que quieras, pero a la tela no. Había que derrotarla, pero con la suficiente delicadeza para dejar su material totalmente intacto. En este aspecto el “sastre elegido” había fallado totalmente. Sin duda la angustiante situación del pueblo había afectado su concentración. Pero Akew era un optimista. Si los reyes habían elegido a su bañador de tela soluble con agua como el nuevo símbolo de la ciudad ¿Por qué no amarían unos bolsillos llenos de hoyos? Así, con solo pensamientos positivos en su cabeza, comenzó a tejer como solo un ser de 6 brazos lo haría. En la madrugada ya tenía listo el pedido.
En la tarde se encontraba en el palacio frente a los reyes. Akew miraba nervioso como el monarca probaba los nuevos bolsillos con su traje real. Hasta ahí todo bien. La verdadera prueba era la resistencia de la tela cuando se echara algo en ellos. El rey llamó a sus súbditos y les pidió que trajeran el cofre real. Rápidamente colocaron un gran cofre de oro con el símbolo de la ciudad (un bañador) frente a él y el monarca lo abrió. Con sus 4 manos comenzó a llenarse los bolsillos de todo tipo de tesoros. Para sorpresa de Akew, los tesoros del rey era bastante normales; anillos, joyas y coronas de metales preciosos y muchas, muchas monedas. Cuando hubo terminado, toda la sala de audiencia callaba. Hasta los pájaros y otros seres voladores solidarizaron con su silencio. El rey-reina comenzó a caminar lentamente, como cuando alguien se prueba un nuevo par de pies, con inseguridad primero, luego con normalidad y finalmente con la soltura de un pez en el agua. De pronto una risa maniática surgió de lo más profundo del monarca, tan fuerte que casi se podía confundir con un grito. Akew se tapó los oídos y vio como el rey-reina salía corriendo hacia la ciudad dejando tras de sí un camino de dorado.
Aun con aquella risa maniática, el rey-reina recorrió cada calle de la Ciudad de los Mil Nombres. Las ventanas y puertas comenzaron a abrirse y pronto las calles se llenaron de ciudadanos recogiendo aquella estela dorada que dejaba el rey-reina en su carrera de locura. Los muchos hoyos de los bolsillos no habían aguantado y a través de ellos caía un río de infinitas cantidades de monedas. Nadie supo si el rey-reina se percató de aquello, lo que sí se sabe es que aquel fue el último día de la realeza en la Ciudad de Los Mil Nombres.
Aquel giro de eventos sorprendió totalmente a Akew. Sin querer su fallo había causado el enriquecimiento de toda la ciudad. Todos le agradecieron y al poco tiempo fue elegido unánimemente como el administrador de la ciudad. Lejos de contentarse con su puesto, trabajó arduamente para lograr aquello que siempre había querido cambiar, pero que nunca habría podido con la presencia de la realeza. Le cambió el nombre a la ciudad, desmanteló el palacio e instauró la utopía de los bolsillos: Aquel con suficiente oro como para llenar 2 bolsillos, debería usarlos con pequeños agujeros. El por qué está más que claro.
Éste es sin duda es uno de los relatos que más le llega a los niños de Paso del Rey. Si no me cree vea como pronto corren a agujerear sus bolsillos.

















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Yanero Solitario 26.02.2012
Me ha gustado muchisimo el cuento. Gracias!!!