Este es mi tercer cuento. Este sí fue escrito como parte de la “saga” que incluye al primero.

Dom era un joven de 300 años del valle de Giroscopia. Allí vivía en una granja con su madre, Valli. Junto a ella trabajaba cuidando del único producto que cultivaban, tostadoras. No era un producto muy solicitado o conocido fuera de Giroscopia, pero eran el alimento preferido de los Gigantes de Metal, los guardianes del valle. Dom vivía bien y quizás nunca se hubiera alejando de su hogar si no fuese sido por la enfermedad que sufrió su madre.

La canción “Si te quedas sin brazos, levanta las piernas” provenía del valle vecino de Puntapié, una tierra conocida por la falta de brazos y exceso de piernas de sus habitantes. Incluso se rumoreaba que el título de emperador de aquel valle recaía en el puntapiecino con más piernas. Por razones desconocidas, la canción tuvo gran éxito en el valle de Giroscopia. Cosa curiosa, pues los giroscopinos no tenían piernas, flotaban sobre el suelo gracias a un órgano especial (aunque preferían el verbo “caminar” a “flotar”). La canción se escuchaba en todas partes, por lo que pronto llegó a oídos de Valli. La comenzó tarareando en las tardes que dedicaba al cultivo de tostadoras, luego la cantaba sin parar en los días de siembra y finalmente la canción fue lo único que ocupaba su mente.

Dom buscó inmediatamente a Kale, el anciano del valle, quien era venerado por su sabiduría. Kale observó a la madre de Dom por unas horas y luego le comunicó su diagnóstico: tenía la canción atrapada en su mente y la única solución era sacarla usando un aparato llamado convenientemente “Abrementes”. Dom quiso correr hacia el mercado para comprar aquel objeto, pero el anciano lo detuvo. El Abrementes no era un objeto ordinario, de hecho solo conocía el paradero de uno. Le contó que había un Abrementes en la Isla Bruma, un lejano lugar que colindaba con tierras desconocidas donde se vivía en calabazas gigantes. La isla, además, era conocida por ser el lugar donde todas las nubes nacían. La distancia no era un problema para Dom, iría y volvería con el Abrementes. Kale, quien también había sido joven, no le puso trabas, pero sí le dio una advertencia. Allí, en Isla Bruma, vivía una criatura temida por todos los valles. Se llamaba Druk, el oso paranoico.

Se rumoreaba que Druk había nacido frente a la isla, en la Costa Nubosa, dentro de una familia de osos muy tradicional. Desde pequeño había destacado por su inteligencia y temeridad, características que lo llevarían en su adultez a ser el primer oso en dar la vuelta al mundo. En sus viajes adquirió diversos objetos que luego exhibió en su tierra natal. Allí era querido por todos los osos de todas las razas. Pero un día cambió todo. Era invierno y una curiosa nube proveniente de Isla Bruma cubrió toda la tierra de los osos. Estuvo varias horas, haciendo que ver más allá de un par de metros fuese imposible. Cuando la nube se hubo disuelto todo parecía igual. Druk volvió a su almacén de objetos y comenzó a buscar algo. Nadie sabe qué buscaba con tanto apremio, pero su pérdida provocó un cambio en el oso. Ya no pescaba con los otros osos, ni siquiera les hablaba, no salía de su hogar e incluso sospechaba del mismo aire que entraba por la ventana. Pocos días después, durante la noche, Druk tomó sus objetos y nadó hasta Isla Bruma. Nadie había vuelto a hablar con el oso.

Dom escuchó atentamente el relato de Kale. No quería tener problemas con un oso paranoico, pero no había otro modo de conseguir el Abrementes. Se despidió del anciano y enfiló hacia tierras extranjeras.

A la salida del valle, Dom se encontró con un gigante de metal que custodiaba la entrada. Para los extranjeros eran creaturas peligrosas, pero la gente del valle los apreciaba. Dom le ofreció un par de tostadoras que había sacado de la última cosecha, el gigante aceptó y ambos se sentaron a comer sus respectivas comidas. El gigante de metal, al igual que toda la gente del valle, sabía del viaje de Dom y le aconsejó sobre cómo enfrentar al oso paranoico. El fuego era la clave, una antorcha mantendría al oso alejado. Dom agradeció el consejo y reemprendió su viaje.

Luego de 3 largas semanas, Dom se encontraba en la Costa Nubosa, la orilla frente a Isla Bruma. Habían sido 21 jornadas agotadoras de caminar mucho y descansar poco. Afortunadamente se topó con varios otros viajeros quienes le aconsejaron diversas estrategias para enfrentarse a Druk. “Con ajo”, decía uno, “Con una flecha a la cabeza”, decía otro, incluso un viejito le aconsejó que le invitara a un té. Seniles o no, Dom confió en los viajeros y anotó al pie de la letra sus consejos. Se sentía preparado para enfrentar al famoso Druk.

El siguiente obstáculo era cruzar hasta Isla Bruma. Para ello usó los servicios de Ari Domador de Nubes, navegante que se había hecho conocido por ser el primero en, justamente, domar una nube. La nube era su barca. Mientras navegaban hacia Isla Bruma, Ari y Dom conversaban. El Domador de Nubes le contaba que muchos habían querido robarle a Druk. Algunos trataban de alejar al oso con fuego, otros con canciones, incluso sabía de alguien que lo había invitado a un té. Todos habían vuelto con las manos vacías. Ari tampoco sabía de nadie que hubiera cruzado siquiera una palabra con el oso. Toda confianza se había desvanecido dentro de Dom, ahora se sentía nervioso, tendría que improvisar. Para tratar de aliviar aquella desagradable sensación, le preguntó a Ari cómo había logrado aquella gesta extraordinaria que le daba su apodo. Ari respondió que muchos dicen querer domar una nube, él fue simplemente el primero en intentarlo. El cielo estaba nublado cuando llegaron a la Isla.

Dom se despidió de Ari Domador de Nubes y enfiló hacia el centro de la isla. A pesar de que allí se originaban las nubes, no había nada que entorpeciera la vista. Recorrió la isla por horas sin saber muy bien qué hacer. No había rastro del oso y nada parecía fuera de lo normal. Nada hacía sospechar que éste era el hogar de un oso paranoico. Se sentó, rendido, y descansó. De pronto escuchó un ruido que venía de un arbusto cercano. Su instinto le pedía correr, pero se quedó quieto, sin siquiera abrir los ojos. El arbusto se agitó más y un ser peludo apareció.

Dos metros de altura, media tonelada de peso, garras capaces de cortar el océano, dientes afilados como tostadoras mal plantadas y unos ojos sorprendentemente inocentes. Druk miraba a un joven giroscopino totalmente congelado. No sabía qué hacer ¿Atacar? ¿Salir corriendo? Ninguna parecía una buena opción y necesitaba el Abrementes. Dom abrió levemente los ojos y vio un oso, pero no el oso paranoico del que todos hablaban, vio a un oso con una gran pena interna. Algo comenzó a surgir en la garganta de Dom, una fuerza que se habría paso entre prejuicios y mentiras y que culminó como una simple frase: “Hola, Druk”. El oso, algo sorprendido, no dijo nada, pero bajo su cabeza levemente en señal de reconocimiento. Ya no tenía sentido enfrentar al oso. Dom se sinceró y le contó su historia.

Aquellos que dicen que los osos no son buen público para contar historias no conocen a Druk. A pesar de que no abrió su boca en todo el rato que duró el relato de Dom, cada rasgo de su cara expresaba completa atención. No solamente escuchaba, sino también comprendía. Cuando Dom hubo terminado, Druk se dio la vuelta y comenzó a caminar lentamente. El joven lo siguió. Pronto llegaron a un gran árbol en cuyo centro había una puerta, Druk la abrió y ambos entraron. Lo que Dom vio dentro lo dejó anonadado. Allí se encontraban todos los objetos que el oso había encontrado en sus viajes. Algunas cosas eran identificables, como cuadros y estatuas, pero la mayoría eran objetos tan raros que Dom no sabía donde terminaba uno y empezaba otro. A pesar del desorden, Druk fue directamente a un lugar, de allí volvió con un curioso casco de madera que tenía un ahuecamiento en la parte superior. Era el Abrementes.

Dom esperó a que dijera lo que quería a cambio, pero Druk no dijo nada. El oso se sentó delante de él y se puso el Abrementes. Dom miró hacia el ahuecamiento de la parte superior del “casco” y vio una gran negrura que dio paso a una nube muy, muy espesa. Druk le mostraría lo que había pasado aquel día, el día que perdió lo que más quería.

Druk miró por la ventana y vio que la nube ya se había disuelto, dando paso a un hermoso día. Decidió aprovechar el tiempo para dar una vuelta por la tierra de los osos, siempre le entretenía hablar con otros osos y contar anécdotas de sus aventuras a los más pequeños. Antes pasó por el almacén para comprobar que todo estuviera en orden, pues con las nubes pueden llegar todo tipo de criaturas desagradables. Afortunadamente todo parecía estar bien, salvo por una cosa. No sabía qué, pero sintió que faltaba algo. Habló y aire salió de su boca, aire totalmente hueco, vacío, sin palabras. Gritó, pero el silencio que invadía el almacén siguió imperturbable. La nube se había llevado algo más valioso que todos sus tesoros juntos. La nube se había llevado su voz.

Druk se sacó el Abrementes y se lo dio a Dom. El joven giroscopino estaba en shock. Era el primero en conocer la verdadera historia del oso, no podía llevarse el Abrementes y dejarlo. No, no lo haría, volvería a Giroscopia con el objeto y con el oso. Si podía hacer crecer tostadoras del suelo, le podría enseñar a recuperar su voz. Juntos emprendieron el camino de regreso.

En las 3 semanas que duró el viaje, se encontraron con seres de todas partes del mundo que escucharon a Dom y conocieron a Druk, ya no como el oso paranoico, sino como el oso aventurero. Dom además aprendió mucho de las mímicas del oso, aparentemente era un fanático del buen té.

Cuando llegaron al valle, se reunieron con Kale y juntos intentaron sacarle a Valli aquella infame canción que ocupaba su mente. No fue fácil, pero gracias a las habilidades de Druk en el uso del aparato, pronto Dom tuvo a su madre tal cual como era antes de la enfermedad. El joven no olvidó su promesa de ayudar a Druk a recuperar su voz, y aprovechó la oportunidad para también instruirlo en el arte del cultivo de tostadoras. Luego de 7 cosechas, Druk ya podía hablar y, cómo no, volvió a hacer lo que más amaba en el mundo: viajar y conocer gente. Esta vez lo acompañaba un joven giroscopino.

pixel Ahora me creo escritor (III)


Compártelo con los demás

Comentarios (4)[+] Deja el tuyo

Carlos 15.01.2012

Muy bonita historia!, ¿Haz pensado presentarla a alguien dentro del mundo del cine o television? que la verdad me encantaria ver una serie de TV con estas historias!

Fargok 16.01.2012

“Sus piernas le pedían correr, pero su instinto le decía que se quedara quieto, sin siquiera abrir los ojos. ” <- Pensé que Dom no tenía piernas.

Escribes muy padre, tu estilo me recuerda mucho a Julio Cortázar (¿Has leido Historias de Cronopios y Famas?).

Por cierto, yo le hubiera enseñado Lengua de Señas a Druk; encuentro algo enormemente poético en darle voz a las manos.

Saludos.

Francesc Josep 16.01.2012

Ups, aveces se me olvida que estoy escribiendo sobre seres y no personas ¡Gracias por los comentarios!

fernooo 1.02.2012

Me gusta, de nuevo creo que escribes genial, hasta el momento mi favorito es el primer cuento a pesar del desenlace triste, este tiene un mensaje mas positivo.
Sigue escribiendo D

Deja el tuyo

¡Puedes conectarte a través de Twitter para dejarnos un comentario!